Tenía todo programado para este último post. Era hablar de la confianza en España, cerrar la serie prolijo.

Pero no. Porque la confianza no se estudia en un aeropuerto.
Se pone a prueba ahí. Seguro te pasó — o te podría pasar mañana.
Te avisan que tu vuelo está demorado tres horas.
Ya despachaste todo. Esperás donde podés.
Se acerca la hora. Las pantallas no muestran nada nuevo.
Nadie de la aerolínea aparece. La gente se levanta, murmura, hace suposiciones.
Todos mis cursos de liderazgo se me vinieron a la cabeza.
Y sentí que estaban por hacer todo mal.
Si alguien de la aerolínea me hubiera preguntado, les habría dicho algo simple: “la gente se banca las malas noticias. Lo que no se banca es la incertidumbre”.
Y ahí estábamos. Sin información. Sin cara visible. Sin nada.
El cerebro, cuando no tiene datos, los inventa.
Y así fue — los que éramos empezamos a ir “a donde iba el malón”. “¿A las 6?” “Dijeron 6:30.” “No, ahora dicen las 7.” “Hay una combi afuera que lleva gente a un hotel.”
¿Me seguís?
Es un mix de instinto, calma, atención, confianza ciega en alguien más, velocidad de reacción, interés propio y solidaridad colectiva actuando al mismo tiempo.
¿No les suena a valores corporativos en acción — o en colapso?
Solo faltaba alguien. Una persona que dijera: esta es la situación, así vamos a compensar este momento, esto es lo que sigue, disculpen.
Nada del otro mundo. Un protocolo. Proceso claro. Entrenamiento básico.
Y siguiendo ese paralelismo — quitando las disculpas — ¿no es exactamente lo que un manager debería saber hacer?
“Estos son los resultados. Estas las razones detrás del objetivo no cumplido. Este el nuevo plan. Vamos por eso”.
El silencio no es neutro. Enmascara una falta de respeto.
Subestima la comprensión de la gente. Minimiza su capacidad para pensar y aportar.
Y erosiona la confianza — despacio, pero seguro.
Estuve en medio de cuatro mergers de multinacionales. Sé lo que es el desconcierto colectivo. Pero esa noche era solo un pasajero más.
Cansado, paciente, sabiendo que estas cosas pasan.
Y aun así, necesitaba respuestas.
Entonces — todo lo que venía diciendo sobre la confianza en estos posts sigue intacto.
Solo que esto muestra la otra cara. Quizás era lo que le faltaba a la serie. Porque lo que pasó esa noche fue algo simple.
Un desperfecto técnico. Con protocolo y proceso claro, queda en una anécdota que se cuenta con una sonrisa. Mal manejado, se convierte en esto — un post.
No quiero imaginar qué pasaría en una crisis real.
Son las conversaciones las que siguen haciendo la diferencia.
Las buenas, las oportunas, las que generan confianza.
Por eso, seguí entrenando a tus líderes y vendedores en eso.
Y si querés, yo me sumo a ese desafío y lo transitamos juntos.
Porque cada experiencia cuenta.
El resto — parte de la vida.
¿Te pasó algo así? ¿Cómo lo manejaste — o cómo lo manejaron con vos? Te leo y contesto, como siempre. 🙂

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